JL y el río Paraná, como Aquiles y el río Estigia
El conjuro del padre
Papá Loro me contó que cuando Aquiles de la mitología griega nació,
fue sujetado de los talones y sumergido en el misterio,
como quien aprende que el cuerpo es templo,
y el alma es temple: la promesa.
Yo no tuve río sagrado;
tuve sangre, tuve monte, tuve memoria, la de los payé, la de los antiguos.
Cuando nació J, lo mismo L.
Mi mano derecha fue al cielo,
mi palma, un espejo de agua al infinito.
Pronuncié su nombre, como sujetando una semilla
antes de confiarla a la tierra,
despacio, con ceremonioso respeto
y la certeza de que lo pequeño también puede ser eterno.
Invoqué a los payé del monte,
a los abuelos invisibles que caminan sin dejar huella,
a los yára de cada lugar, dueños y guardianes del monte.
Les pedí su venia.
Pedí que L que J
fuera cubierto por la misma luz
con la que el kuarahú despierta cada mañana.
Que ningún mal lo alcance.
Que ninguna sombra lo confunda.
Que la suerte lo reconozca como propio
y la buena fortuna lo siga
como un mainumby azul que frente a él va,
volando siempre un paso delante de su destino.
Y pedí también, en mi lengua,
la lengua que sólo existe
cuando el corazón la necesita,
lengua oculta al mundo,
íntima como su nombre guaraní,
que todo daño dirigido hacia él
regrese convertido en señal,
no en venganza,
sino en revelación:
para que yo supiera, sin odio,
quién olvidó amar.
Shet shes drash up.
Tau shoyek liuis.
No como maldición,
sino como espejo.
Cuando nació L,
repetí el gesto.
Pero esta vez, la oración ya no estaba sola.
Porque los hermanos no se hieren en los libros del alma.
Porque entre ellos, el castigo se disuelve.
Porque la sangre que se reconoce no se juzga.
Y entonces pedí que se protejan mutuamente
cuando yo no pueda,
que se recuerden cuando duden,
que se nombren cuando el mundo intente borrarlos.
Que J sea K______.
Que L sea M____.
Que entre ambos exista siempre un puente invisible
hecho de infancia,
de risa,
de memoria compartida. Notre petit souvenir.
No los sumergí en ningún río.
Pero los levanté en mi fe.
Y los entregué al mundo
con una oración hecha de carne, viento y promesa.
Desde entonces,
cada vez que los miro,
sé que mi conjuro sigue vivo.
No porque los haga invencibles,
sino porque los hace amados.
Etiquetas: Scripts



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